Cuando el secreto deja de ser vergüenza
Como psicologa, en la clínica, veo que hay un momento extremadamente sutil, y a veces casi imperceptible, en que algo cambia de lugar.
No es una gran revelación ni un relato dramático. Es más bien un pequeño movimiento psíquico: el instante en que un secreto deja de ser vergüenza y comienza a convertirse en intimidad.
Durante mucho tiempo, ese contenido permaneció atrapado en un silencio mortífero, sostenido por la idea de que
“esto no debe saberse”, “si lo digo, algo se rompe”, “si lo muestro, dejo de ser querible”.
El secreto ahí no tenía función de resguardo, sino de prisión.
Protegía, sí, pero al precio de aislar.
Cuando llega a la clínica, no llega como relato: llega como síntoma, como omisión, como incomodidad al hablar, como un rodeo. Llega en forma de vergüenza, en su versión más corporal: mirada que cae, hombros tensos, voz que vacila.
Eso es lo que se escucha primero.
Pero aquí quiero pensar otro secreto: el que resguarda lo íntimo.
Esa zona velada que no oculta, sino que protege.
Piera Aulagnier planteaba que el derecho al secreto es una condición vital para el funcionamiento del Yo.
Y Dufourmantelle invita a pensarlo como un gesto de resistencia en un tiempo donde la ideología de la transparencia arrasa con la intimidad, la vuelve mercancía, espectáculo o evidencia.
¿Cómo resguardar lo íntimo en un contexto donde todo puede ser observado?
¿Puede el secreto elegido convertirse en un refugio, en un espacio donde la subjetividad respira sin ser vigilada?
Tal vez el psicoanálisis ofrezca algo singular: un espacio donde alguien puede decirle algo a alguien con la certeza de que no será repetido.
Un espacio donde la palabra aparece sin la violencia de la exposición total, sin la exigencia de mostrarse por completo.
Y es allí donde ocurre ese desplazamiento delicado:
Cuando el secreto se vuelve posible, cuando deja de ser vergüenza y puede transformarse en intimidad, aparece un alivio profundo.
No porque el secreto se “confiese”, sino porque deja de ser vivido como una amenaza interna.
El secreto, escuchado sin invasión, se transforma en borde y en refugio.
Deja de oprimir y empieza a organizar.
Recupera su función estructurante: marcar un adentro propio, una zona que no necesita exhibirse para ser compartida.
Ahí, el paciente descubre que no todo lo que calla es vergonzoso, y que no todo lo íntimo es peligroso.
Que puede haber palabras que todavía no salen, y aun así pueden ser alojadas en la presencia de alguien.
Que puede tener un secreto sin quedar atrapado en él.
Y en ese descubrimiento, algo del Yo se restituye.
Un territorio vuelve a ser habitable.


