Somos un entramado de miradas
La subjetividad no se forma en soledad. Somos, en gran medida, un entramado de miradas: la manera en que fuimos vistas o, en su contrario, como no nos vieron, va moldeando la imagen que tenemos de nosotras mismas.
Aquellas primeras experiencias dejan huellas profundas en cómo se organiza el yo. Cuando nuestros cuidadores logran sostener la mirada ante nuestra vulnerabilidad algo se organiza; en cambio, cuando esa mirada falta, nos rehuye o, por el contrario, es invasiva, intrusiva, el sentido de sí puede fragmentarse.

Esa experiencia primaria se reactiva constantemente en los vínculos, buscamos sin saberlo, que alguien nos mire o no, como aprendimos.
El sufrimiento no proviene solo de un hecho violento o fuerte o como queramos llamarle, sino de haber atravesado ese dolor en soledad, sin testigo que diga esto si pasó. Por eso la reparación no va de la mano con la interpretacion ni con un consejo de qué hacer, sino justamente con la presencia de un otro que sí vea, aunque no entienda, pero que reconozca que si pasó algo, que sí está pasando algo: un testigo sensible.
La mirada terapéutica no busca desnudar ni explicar, sino acompañar el despliegue del paciente sin borrarlo. Es una mirada que sostiene la complejidad, que tolera no entender de inmediato, que confía en que algo de lo no dicho puede organizarse al sentirse finalmente reconocido.

En ese espacio, el analista también se deja afectar; no observa desde afuera, sino que participa del lazo. No solo la analista, el mundo social se afecta si es sensible al dolor ajeno; así lo que antes estaba congelado, oculto por la vergüenza puede circular. Ser vistos, esta vez de otro modo, reabre la posibilidad de existir con otro sentido.

